domingo, 13 de enero de 2008

El arte de viajar (y de escribir)

Una perspectiva, aunque diacrónica pero no exenta de elegancia y belleza en el relato acerca de Japón, puede leerse en el libro “El arte de viajar” (Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2007); con selección y prólogo de Alejandra Laera de las crónicas que produjo Manuel Mujica Lainez como periodista para el diario La Nación entre 1935 a 1977.
El viaje que realizó el escritor a Japón y otros países de Lejano Oriente en 1940, junto a miembros de una delegación comercial argentina, provoca una irremediable curiosidad por ese destino exótico para un argentino de la época, a pesar de ser Mujica Lainez un viajero tan experimentado, que incluso voló en el dirigible Graf Zeppelín de la Alemania nazi (crónicas también publicadas en el libro).
Vale la pena algunos extractos del relato “visita a Nikko” de marzo de 1940, donde, en primera persona, se vislumbra el placer que produce el viaje.
La realista brevedad descriptiva comienza con “…Tras la confusión de Tokio, metrópoli en la cual el Oriente y el Occidente suman sus caracteres dispares…”
Es interesante que por medio de estas líneas Mujica Lainez ofrezca una imagen de que la complejidad de esta permeabilidad hacia la “occidentalización” no es nueva realidad de acuerdo a lo que se observa actualmente acerca de Tokio por medio de films y otros medios gráficos, periodísticos y literarios. Es decir lo que medianamente conoce cualquier lego.

Mas adelante… “Todo, desde el puente sagrado de laca roja, que sólo puede cruzar, bajo un quitasol redondo, el mensajero imperial, hasta los árboles gigantescos con que el daimyo Matsudaira Masatsuna decoró las ondulantes carreteras, habla al espíritu de pasada pompa” …observando que hasta no hace muchos años, la tradición imperial conservaba ostentosa su primacía. No hay que olvidar que el gobierno japonés hacía de guía de la delegación. Y sigue con observaciones de las calles… “Nikko se encuentra a dos horas y media de distancia de Tokio…en la enorme estación de Ueno, la diversidad de atavíos y de colores comenzó a diseñar en mi imaginación como un vasto cortejo de estampa antigua…mujeres de pintoresco quimono, con los hijos asomados a la espalda, bajo el bulto del “obi”, la gran faja de tela más costosa; hombres que hacían resonar las losas con el golpeteo rítmico de sus sandalias de madera…en el tren…el paisaje…cercos de trenzado bambú rodean a las diminutas granjas…y por todos lados, cubriendo hasta los últimos rincones de terreno, delante de las casucas y en el recodo de los caminitos, se extiende el tapiz multicolor de los sembrados.”

Continúa con una apreciación personal… “al viajero habituado al despoblamiento de nuestra llanura sorprende este paisaje meticuloso, de tierra muy trabajada. El arroz…se alinea en pequeñas plataformas superpuestas que inunda el agua. Ni una vaca se ve, ni una oveja, ni un caballo. El asombro crece al advertir que el trigo se siembra aquí como si fuera un producto de huerta, dentro de cuadriláteros minímos…”
La distinción en la escritura vislumbra el deleite ante un paisaje humano sorprendente… “llegué hasta el Toshogu, el mausoleo venerable, y noté entonces qué suave y aristocrático prestigio, qué relieve apenas insinuado presta la nieve intacta al añoso templo…”



Sigue la descripción del viajero ilustrado, que puede comparar lo que ha visto en otros lugares del mundo…“una de las puertas mas ilustres del mundo, digna de figurar en aquella serie de portales augustos que, desde el del Batisterio hasta el demoníaco de Rodin, hacen pensar que por ellos se accede a cámaras de belleza terrible. Yomei Mon, puerta de la Luz del Sol, se llama…para apreciarla en su entera gloria, el piadoso debería permanecer ante ella desde el alba hasta el crepúsculo. Un emperador escribió los caracteres que la coronan y jirafas, dragones, leones, peonías, sabios y príncipes chinos, pájaros, flores extravagantes, fénix, faisanes, bambúes y pinos, entrecruzan en sus galerías brazos, ramas, pétalos y plumas. El color blanco de azúcar tiene un frescor inconcebible entre los negros, los rojos, los verdes y los oros. En el atardecer toda la puerta relampagueaba bajo el sol tibio, como un metal de mil reflejos, como una laca, como una gran armadura de samurai…”



La condición mundana de Mujica Lainez tal vez le haya proporcionado el criterio suficiente como para describir el paisaje minimalista japonés, un “moderno” teniendo en cuenta esta crónica de un argentino en 1940…“al volver a Tokio, una luna bermeja me acompañó, la…que escriben sobre el Japón…esa luna que es como una farola redonda de papel, existe. Y también existen, aunque parezcan soñadas, las cabañas de techo de paja de arroz, los lagos enanos y la imagen pétrea, gigantesca de Kwannon, diosa de la Misericordia, cuyo perfil hierático asoma, absurdamente, en una perspectiva de fábricas negras. El Japón milenario y el Japón actual esperan al viajero en la estación de Ueno…”
En esa estación, el escritor pudo considerar, en un hecho que para otro podría haber pasado desapercibido, una realidad que se avecinaba dramáticamente, y que con verosimilitud supo interpretar un comportamiento característico de los japoneses, el sentido del “honor”. Ese aspecto tan ligado a los “kamikaze”. Entonces escribió…“he visto pasar por allí…a un soldado que partía para la guerra, un soldado “que tiene el honor” de partir para la guerra. Parientes, vecinos y amigos le acompañaban en abigarrada comitiva. Cada uno llevaba un estandarte barroco hecho de doradas perillas y de inscripciones favorables. El iba delante, solemne, entre el flamear de las banderas angostas.”

Así finaliza esta crónica. Después de un relato minucioso de lugares fantásticos a los cuales plasmo de forma correcta y exquisita en la redacción, y no exento de una lección de escritura, la guerra se impone como una lamentable realidad, resolviendo el final del relato con esa anécdota que refleja tan solo el aspecto más romántico (por decirlo de alguna manera) de la crueldad de la guerra, el “honor” de dar la vida al servicio de la nación; por lo cual denota su importancia en esa coyuntura.


Según el prólogo de la compiladora, la visita de Mujica Lainez se produjo como enviado del periódico La Nación, invitado junto a una misión económica por el gobierno japonés, en pleno contexto de la Segunda Guerra Mundial y de la expansión imperial japonesa, que incluso abarco a parte de China. Esta visita le permitió al escritor-periodista acceder a lugares y personas que en otras condiciones no se hubieran dado.