domingo, 18 de mayo de 2008

El altar de los Sullivan

Una vez que se llega a la cima del cerro Loma Bola (Córdoba, Argentina) cuya falda rememora cada etapa del vía crucis cristiano; puede observarse a espaldas el cordón de los Comechingones, abajo, al pie, el pueblo de Loma Bola y La Paz, y mas allá, al final de lo que da la visibilidad humana, la imponencia de la Sierra Central de San Luis.

Hacia el piedemonte, entre el sosiego de un verde intenso y los techos dispersos, llama la atención esta construcción. Se trata del altar de la familia Sullivan, irlandeses inmigrantes desde mediados del siglo XX en la zona.
Esta visión incentiva a una visita, pero una vez abajo del cerro el intento de llegar al altar de los Sullivan puede verse frustrado en la puerta de la hostería y casa de Té Villa Dora por un enorme doberman que después resultó ser “un viejo perro pero con mente de adolescente” según la descripción de mister Sullivan.
Si esta primer instancia no desanima, una amable pareja de irlandeses, y según ellos “algo peor”: también cordobeses; saldrá a recibir al visitante, pero no claudicarán ante la insistencia por pasar a conocer la capilla, alegando la privacidad familiar. Son los Sullivan.


Una vez asumido este revés, la Hostería de Villa Dora y los Sullivan resultan interesantes. Una construcción bien preservada y contemporánea de los años 50’ recibe a las visitas con pileta de natación, salón de Té y comedor familiar, donde después de una charla amable se puede almorzar una picada campestre (fiambres, salames y quesos) y comprar los dulces de frutas caseros que abundan por la zona. El ambiente del salón es agradable y parece ser la continuación del hogar de los Sullivan. Reducido, un hogar, sillones, un viejo televisor, estantes cargados de libros, revistas y sillas y mesas que en los 60’ pudieron haber sido vanguardistas; todo armonizado y de buen gusto.

En la charla mister Sullivan resultó gracioso y recordó una vez en que un turista, tal vez llegado con el mismo propósito de conocer el altar, le comento con cierto bagaje y autoridad heráldica que llamarse Sullivan en Irlanda es algo muy común. A lo que mister Sullivan, con el anhelo de que podría tratarse de algún compatriota, le requirió por su apellido. Rodríguez contesto el otro, por lo cual se dio cuenta de que no se trataba de un erudito heráldico ni un paisano, sino simplemente el portador de otro apellido masivo.